L A L U Z
Autor: Aldo Lavagnini
"Era la luz
verdadera que alumbra a
todo hombre que viene a este
mundo."
(JUAN I - 9)
El objeto interior iniciático
y filosófico hacia el cual converge todo el simbolismo masónico, puede
resumirse en las palabras búsqueda o revelación de la luz.
La Logia, síntesis local, imagen
pequeña y expresión particular de la Orden, se halla, como lo hemos
visto, orientada, o sea dispuesta y dirigida en la dirección
en que se encuentra o aparece la luz. A su vez, esta luz material, que afecta
nuestro ojo físico y nos da la visión externa del mundo
fenoménico, es emblemática de otras dos formas de luz, de las cuales la primera
brilla y la otra se halla todavía latente en su fuero
interior.
La primera de estas dos luces
simbólicas es la luz de la inteligencia, representada
alegóricamente por la estrella flameante, como signo del hombre y
de sus facultades, que obedecen a la ley quinaria, precisamente como los
sentidos y sus órganos físicos. Esta luz intelectual, o sea la facultad interior de
ver y reconocer las cosas exteriores, tiene como símbolos más apropiados
Hércules y Mercurio, así como la luz física está representada por Helios y por
Venus, en su aspecto de armonía fecunda y creadora de la
naturaleza.
Estas dos formas de luz son
conocidas y familiares a todo hombre, dado que alumbran respectivamente
el mundo exterior de la experiencia física, y el mundo
interior de la conciencia y de la razón. Pero, hay otro género de luz,
superior a estas dos, y generalmente latente y oscura para el hombre, hasta que
no se despierta en él su íntima percepción.
Esta luz
espiritual, que representan mitológicamente Apolo y Minerva es el
principio de toda inspiración y se llama con feliz
expresión la verdadera luz, precisamente como la denominan a
la vez el evangelio juanítico (to phos to alethinón) y las
constituciones masónicas de Anderson (true light).
Las primeras de estas tres luces son
las luces respectivamente objetiva y subjetiva, alumbrando la una
nuestros sentidos y la otra nuestra inteligencia. En cuanto a la tercera, su
carácter es más profundo y misterioso, dado que trasciende tanto
la una como la otra, aunque sea la esencia, o lo
real en ambas, la luz Eterna e Inmanente que constantemente
resplandece en el dominio de la relatividad, de la apariencia y de la
contingencia. Sólo cuando nuestra propia conciencia se reconoce más
profundamente a sí misma, adquiere la capacidad de percibirla y
reconocerla como la única y más verdadera luz, de la cual
las otras dos formas —que alumbran los sentidos y las facultades
ordinarias de la mente— noson sino 'aspectos relativos y
comparativamente ilusorios, pues no
tienen realidad en sí mismas, sino únicamente
en cuanto participan de la realidad propia de la última y
la expresan.
Estas tres luces —la
luz de la naturaleza, la luz humana y la Divina— que
presiden respectivamente al mundo fenoménico de las formas, al mundo
intelectual de las ideas, y al mundo nouménico de
la absoluta realidad, están representadas en la Logia por los tres
puntos cardinales del Sur, del Norte y del Oriente, en donde se sientan
las luces simbólicas que la dirigen y presiden en sus
trabajos. La primera desarrolla en nosotros la capacidad de
apreciar la belleza, la armonía y el orden que presiden a la
naturaleza; la segunda se manifiesta en nuestras propias facultades internas y
en su expresión activa y operativa (Fuerza); y la tercera estimula en nosotros
la Sabiduría, que nace y se desarrolla, por medio
del discernimiento de la verdadera realidad.
El hombre se hace simbólicamente masón —o
sea, llega a ponerse en contacto consciente y constructivo con
la Suprema Realidad Planeadora y Constructora del Universo— al percibir
esta luz, pues la conciencia de esta Trascendente Realidad lo inicia (o
sea, lo hace ingresar o nacer) en una nueva manera de ser, en una nueva visión
de la vida y de las cosas, así como de su propia relación con el principio
íntimo de éstas y con el mundo v las condiciones externas que lo
rodean. Pues, esta Luz del Oriente es aquella que, de ahora en adelante, tiene
que orientar u ordenar constructivamente todos sus
pensamientos, palabras y acciones.
Sin embargo, no se llega a la
percepción de la Luz Trascendente —o sea, al discernimiento de la verdadera
realidad— sino como resultado de una serie de viajes; o
sea, por medio de etapas sucesivas de progreso en cada una de las cuales tiene
uno que enfrentarse con ciertos obstáculos o experiencias, que
le es menester superar o resolver, para que en cada etapa se le permita ir
adelante, o proceder.
Cada uno de estos viajes o
conjuntos de experiencias implica y efectúa una determinada purificación, representada
simbólicamente por la naturaleza del elemento que preside a la misma, librando
la naturaleza interna del individuo —que es pura conciencia, y
por ende también Luz y Verdad— de alguna forma particular de ilusión.
Toda ilusión y todo error es,
pues, una forma de impureza de los medios o vehículos de que
aquél se sirve, y que forman su personalidad. En otras palabras, la Vida
Interna por su origen divina y perfecta, se afirma sobre la impureza
de los vehículos en que se expresa —resultado de la evolución natural,
que es involución de la Realidad nouménica en la apariencia
fenoménica— de manera que la propia expresión, purificada por medio de los viajes (o experiencias), se
acerca siempre más a la Verdad inherente (o verdadera luz), manifestando
su implícita virtud.
Todas las posibles, y por
supuesto, infinitamente variadas experiencias de la vida, se resumen
simbólicamente en tres viajes fundamentales que también indican los
tres tipos de purificación que respectivamente se relacionan con el dominio de
los pensamientos, de los sentimientos y de la voluntad. A su vez cada viaje se
halla precedido por un estado preliminar de reflexión, o concentración
en uno mismo, en el cual encuentra uno el primer vislumbre de la luz,
e igualmente nace la determinación de viajar o progresar, en
las dos direcciones, de su reconocimiento primero, y luego de
su expresión.
Esta experiencia preliminar
familiar a todos los masones como estancia en el llamado cuarto de
reflexión, es de por sí algo profundamente significativo. En las
antiguas iniciaciones, o sea en los misterios que precedieron
y preludieron a la Masonería en su forma, actual (en la que, de la misma
manera, se halla la semilla de su porvenir), el candidato era
conducido v dejado solo, por algún tiempo, en una gruta o lugar subterráneo, en
obscuridad casi completa y en presencia de símbolos o imágenes —casi siempre de
un carácter fúnebre o lúgubre— sobre los cuales tenia que reflexionar.
Se trataba, pues, de una prueba, análoga
a la de la propia semilla, cuando se pone en el seno de la tierra
labrada, para que pueda germinar y crecer, abriéndose su
propio camino hacia la luz, por medio del esfuerzo interior, hacia abajo con
las raíces, y hacia arriba con las hojas, o sea en la dirección
vertical (u oriental) de las aspiraciones latentes en ese germen. El
candidato a la iniciación es precisamente esa semilla, que oculta en sí mismo,
en un estado latente, sus posibilidades espirituales, cuyo
desarrollo empieza con la reacción interior a esa primera
prueba, para luego afirmarse y crecer con las siguientes; dado que todas las
pruebas son, esencialmente, oportunidades y medios de crecimiento y
progreso.
La prueba del cuarto de reflexión
la encontramos a menudo en la vida externa, cuando las experiencias de éstas,
especialmente los dolores, decepciones y contrariedades, nos llevan o nos
inclinan hacia un estado de comparativa soledad, en el cual nos hallamos
enfrente de nosotros mismos, tratando de comprender la razón y el
sentido de aquellas experiencias, y cómo podemos salir
satisfactoriamente de las mismas. Muchas veces el alma se encuentra, en esa
condición de desolación, como si fuera casi destruida, o literalmente hecha
pedazos; o sea en un estado de muerte interior, en la que
han de manifestarse las posibilidades hasta entonces latentes de la Vida
Interna, impulsándola hacia el nuevo nacimiento o resurrección de
que es en sí semilla y poder. Y, según esto se verifique, la vida renace literalmente,
o vuelve a rehacerse sobre la destrucción del pasado así superado.
El despojo de los
metales que se verifica al ingresar en el cuarto de reflexión, es un
índice de que los valores materiales y morales, que nos han
servido hasta entonces, y sobre los cuales habíamos construido nuestra
existencia, aparece como si nos fueran quitados por la fatalidad externa, o
bien cesaran de ser apreciados y poderse utilizar. De todos modos, nos es
preciso buscar nuevos valores, en substitución de aquellos de
que ya no nos es dado servirnos — valores adecuados a las nuevas condiciones,
que nos permiten enfrentar y superar.
Pero, ese despojo tiene también
un más profundo sentido filosófico. Para buscar la Verdad (la verdadera
luz), es preciso previamente despojarnos de todas las opiniones
preconcebidas, y especialmente de las creencias (científicas,
filosóficas y religiosas) que, más bien que ser fruto maduro de la reflexión y
del discernimiento, provienen de nuestra educación y de la sugestión del medio
en que vivimos, en el que se aceptan como moneda corriente, pero
cuyo brillo no registe la claridad de la luz meridiana de la Verdad, en donde
pierden, por consiguiente, todo valor y toda efectividad.
Es igualmente necesario
despojarnos, por medio del discernimiento, de todo aquello cuyo
valor y utilidad sean puramente aparentes: de todas las posesiones ficticias,
que no pertenecen a nuestro ser real; pues todas estas cosas que ocupan y
dominan nuestra conciencia, por su misma presencia nos impiden reconocer,
apreciar y buscar los valores verdaderos, que son como
la perla preciosa del parangón evangélico, para comprar la
cual el que la encuentre se halla dispuesto a vender o
deshacerse de todo lo que tiene. Así es la Verdad: para poderla adquirir se
precisa estar dispuestos a vender o dejar todos aquellos valores transitorios
que no rigen en su comparación con los valores reales, que son los
únicos que pueden darnos certidumbre y seguridad. Sólo en ese estado de desnudez
filosófica, de quien se haya librado de los inciertos valores
profanos, puede sernos franqueado el umbral del Templo en que se encuentra la
Verdad y nos es dado conocerla.
La palabra templo, derivando
de una raíz (temes o tamas) que tiene el sentido originario
de obscuridad, manifiesta haber significado, en un principio,
un lugar obscuro (caverna, hipogeo o cripta); como aquellos de los que tenemos
ejemplos en la antigüedad histórica del Oriente y prehistórica del Occidente.
Muchísimos subterráneos y verdaderos templos, cavados en la roca, pueden
admirarse aún hoy en la India.
Ahora, esa obscuridad relaciona
el templo con el cuarto de reflexión, pues los dos indican el lugar en
que se oculta y se encuentra, en estado latente, aquella
Luz Divina que ha de buscar el iniciado, o sea la luz verdadera para
encontrar la cual las mismas tinieblas, con relación a la luz externa,
representan la condición más favorable. ¿No es esa obscuridad, que
simboliza también en su nombre Leto, la madre de Apolo y Diana, la
verdadera madre de la luz que alumbra por igual el día de
la conciencia objetiva y la noche de la subjetiva? ¿Cómo
pudiera, esa misma luz verdadera, encontrarse, sino
apartándose temporalmente del dominio ilusorio de la ordinaria luz de los
sentidos externos y de las facultades internas, que sólo pueden hacernos
desviar del Camino Recto de esa búsqueda?
Esta condición
indispensable para encontrar en las profundidades internas de nuestro
ser la Luz Verdadera —que nos da el sentido de lo real, y el
más genuino criterio de la Verdad—,tiene como otro problema el de la
venda que cubre los ojos del recipiendario, al emprender sus viajes en el
camino que ha de llevarle a reconocerla. Al franqueársele con ese objeto la
puerta del Templo, ha de estar, pues, en estado de voluntaria ceguera, con
relación a la luz exterior, además de encontrarse en la "desnudez
filosófica" de que hemos hablado, poniendo al descubierto su corazón; que
hace patente su mejor buena voluntad, así como el pie que le
hará reconocer las asperezas del camino y la rodilla que
demuestra su humildad y la interna devoción; con las cuales sólo pueden
superarse los obstáculos y dificultades que se encuentran esparcidos sobre sus
pasos, y constituyen otras tantas oportunidades, o gradas en la
senda de su progreso.
Todos los viajes se dirigen al principio hacia
el Oriente, o sea el lugar de origen o Manantial de la Luz; así como
la mente se encamina, para buscar la Verdad, desde los efectos a las causas,
desde los fenómenos a las fuerzas o principios que los originan, desde el mundo
concreto de la sensación al mundo abstracto de la pura ideación. Pero, ese
estudio inductivo de las leyes y principios que gobierna la naturaleza exterior
y las experiencias de nuestra propia vida individual, quedaría estéril e
infructuoso, si no fuera luego aplicado y comprobado en el
dominio de los efectos. De aquí la necesidad de emprender luego un nuevo viaje
de vuelta hacia el occidente, para llevar en las experiencias de la vida
externa la nueva luz que ha sido encontrada en la búsqueda anterior.
"La ida y
la vuelta son, en realidad, las mitades de un único viaje o
ciclo de estudio y experiencia, de reflexión y actividad, y la segunda es el
complemento indispensable de la primera. Hay, pues, una unidad
esencial que, por igual, sirve de fundamento a las experiencias
externas del mundo fenoménico e internas de la realidad espiritual, o sea, al
mundo concreto de los objetos (representado por el Occidente) y al dominio
puramente abstracto de las ideas (que simboliza el Oriente).
Oriente y Occidente son dos
aspectos de una Suprema y única Realidad, que es el río del
que constituyen respectivamente el Manantial y la desembocadura, y que además
se halla en todo el recorrido del mismo.
De aquí la necesidad de buscar
esa única realidad en esos dos polos opuestos, en lo que se halla, por así
decirlo, entretejida toda la trama del universo. Pues la luz que en el Oriente
se revela en su pureza originaria, y así puede ser percibida y reconocida como
tal, se halla igualmente al Occidente, pero de una manera oculta y velada, y debe
buscarse —como se buscaba a Osirís en los misterios egipcios— así sepultada en
el dominio de las sombras o formas exteriores, que la encierran; como aquel en
el arcón, que le había preparado su malvado hermano Set-Tifón, personificación
de la obscuridad combatiendo la luz.
La primera parte del viaje, o sea
la búsqueda de la verdadera luz (que sólo podemos ver como tal
en el principio u origen de las cosas), es el camino áspero que se dirige del
occidente al oriente en la región obscura del Norte, en donde nos sirve para
orientarnos la estrella polar, fulcro del mundo físico y emblema del eje
inmóvil, descansando sobre el cual y moviéndose en su derredor, parecen
desarrollarse, en el Tiempo y en el Espacio, todos los fenómenos contingentes.
El progreso es
particularmente difícil y trabajoso, dado que se trata de ascender lugares
más elevados (condiciones de conciencia que se hallan más cerca del olímpico
dominio de la Realidad Trascendente), y el camino se halla sembrado de
obstáculos mayores: precisa trepar sobre las rocas que, con motivo de su
solidez, se parecen a aquellos principios más firmes —morales
y filosóficos — sobre los cuales podemos sentarnos y descansar, basando en
ellos nuestros pensamientos y nuestra conducta en la vida. Pero ese descanso sólo
puede ser contemporáneo: la vida es un progreso continuado, que no admite
detenciones o paradas verdaderas, sino sólo etapas sucesivas, siendo cada una
el presupuesto de la otra.
Delante de nosotros, se halla una
peña más elevada —un lugar más próximo y cercano a la Verdad. Es menester descender, para
poder nuevamente subir y conquistarlo. Así pues, por medio de
una larga serie de ascensos y de descensos, se cumple ese viaje que nos lleva
siempre más cerca de aquellos lugares, en que el día y la mañana tienen su
nacimiento. Llegaremos tan cerca como pueda nuestro ojo resistir esa luz
deslumbrante; e igualmente puedan nuestros pulmones soportar el aire sutil y
rarefacto que se halla en todas las regiones elevadas tanto
del mundo físico, como del espiritual.
El primero de los viajes es,
también, la prueba del aire: la prueba que espera a todo aquel
que quiera elevarse y ascender. Cuando se llegue a las regiones filosóficas de
la pura abstracción hay, sobre todo, que vencer el vértigo que
pueden causarnos, pues nos parece muchas veces estar sin asiento, y como
suspendidos en el espacio, a la merced de los vientos que pueden barremos y
hacernos precipitar nuevamente sobre aquella misma realidad, concreta, por
encima de la cual por medio de una comprensión superior, parecíamos habernos
elevado.
También representa, esa prueba
del aire, nuestra inherente firmeza de propósito por medio de la cual, haciendo
nuestro firme apoyo la roca de la Verdad, y los principios morales
a los cuales hemos determinado conformarnos, estamos capacitados para
enfrentarnos animosamente y sin vacilar, con las falsas creencias, opiniones y
corrientes hostiles del mundo exterior, sin que éstas tengan el poder de
hacernos caer en el abandono de esos principios, de los que nuestra propia conciencia
íntima nos da la seguridad.
Encontramos la prueba,
en esta forma, en nuestro camino de regreso, del Oriente al
Occidente, cuando se traía sobre todo de aplicar, probar y hacer
efectivos aquellos principios y verdades que hemos reconocido más justos y reales.
Esos principios, leyes y verdades abstractas han de demostrarse en su
aplicación en las diferentes experiencias de la vida, por medio de la cual
nuestro primer convencimiento se hace a la vez más firme y más valioso. Cuando
la Verdad logra hacerse operativa en estas experiencias, en
cuanto llega a dominarlas, trasmutando los efectos por medio de las causas en
que tienen su origen y su fundamento, entonces esa Verdad es para
nosotros la luz creativa1 que obra constructivamente en
nuestro fuero interno, haciendo igualmente fecunda la vida exterior.
Por consiguiente, el viaje de
regreso sólo puede efectuarse en esa luminosa región del Sur, que hemos visto
ser el asiento de Venus, como principio de la armonía
creadora de la naturaleza, aprovechando y utilizando con ese objeto
todas indistintamente las experiencias que se nos presenten, cuyo resultado ha
de ser en definitiva benéfico y constructor.
La prueba del aire es también la
primera que encuentra el embrión de la planta, al abrirse su camino, desde la
obscuridad protectora de la tierra y de la semilla, verticalmente, hacia la
luz. Viniendo en contacto con ese elemento, móvil y frío, cuyas corrientes
poderosas abaten y arrebatan, a veces, los árboles más fuertes
debe aprender a resistirle y aprovecharlo útilmente, apoyándose e inmergiéndose
en el mismo, en su crecimiento, y sacando de aquél su propio alimento; por ser
el oxígeno el más indispensable entre los elementos sostenedores y activadores
de la vida orgánica.
Lo mismo ha de hacer quien se abre
—por sus esfuerzos, y por su íntimo anhelo hacia la luz— su propio camino hacia
la Verdad que es fuerza, vida y alimento. Pues, aquello mismo
que tiene el poder de abatirnos y hacernos caer, cuando sepamos aprovecharlo,
se hará nuestro apoyo y el medio de nuestra elevación y crecimiento. Que el uno
y el otro de estos dos efectos contrarios sea aquel que esa influencia produce
en nuestra vida, estriba precisamente en nuestra propia actitud interna, o sea
en el dominio y control constructivo que sepamos realizar sobre nuestros
propios pensamientos.
Pues nuestro enemigo, en
ningún caso se halla afuera, sino que está dentro de nosotros mismos, en las
propias tendencias negativas de los pensamientos y en los errores y falsas
creencias que hemos aceptado y reconocido, formando la simiente de la cizaña que
crece y se manifiesta en el campo de la vida externa, junto con las espigas
sabrosas de nuestros pensamientos positivos y constructores, que son los que
expresan sabiduría y verdad.
La propias corrientes hostiles y
todos los vientos contrarios que parecen soplar en. contra de nosotros, han
sido por así decirlo, involuntariamente creados, llamados, atraídos y
producidos por la actitud interior negativa de la mente y toda nuestra oposición
en contra de ellos no haría más que acrecer su violencia. Pero podemos
utilizarlos sabiamente, eligiendo con el ideal que nos guía la
dirección de la marcha, dado que con el mismo viento puede un barco ir en dos
rumbos contrarios, y hacia su puerto o su destrucción, según sabe aprovechar su
empuje, disponiendo oportunamente las velas.
El segundo viaje, que hace el
candidato antes de ser recibido masón, representa una etapa sucesiva en la
cual, en razón del progreso hecho anteriormente el camino resulta más fácil y
menores son los obstáculos que sobre el mismo se encuentran. Esto se debe tanto
a la crecida fuerza y capacidad de superar las dificultades, por lo cual éstas
cesan de ser tales, así como al dominio adquirido sobre los pensamientos, cuya
actividad creativa y causativa se manifiesta, según proceden la experiencia y
el discernimiento de una manera siempre más constructiva y armoniosa.
En lugar de los ruidos más burdos
y desordenados del primer viaje, alusivos a los vientos impetuosos de la destrucción,
y al estado en que nos encontramos cuando nos dominen los errores y los
pensamientos que no hemos aprendido a controlar, se oye ahora el toque suave y
argentino de las espadas. Estas indican los combates que se
verifican, sin embargo de una manera leal y ordenada, a la luz de nuestro mejor
discernimiento, entre opuestos sentimientos y emociones que, a la vez, quieren
dominarnos. El lugar de ese combate es nuestro propio corazón, el manantial
interior de las aguas de la vida que necesitan purificarse,
así como nuestros pensamientos.
La misma prueba del agua la
encuentra la plantita en su crecimiento, cuando sobre ella se abaten las
lluvias, cuyas gotas, animadas por una moción en sentido contrario al de su crecimiento,
son como otras tantas espadas que aparentan dirigirse en su contra para
destruir y anonadar su esfuerzo hacia la luz. Sin embargo esa lluvia no deja de
ser benéfica, en cuanto purifica el aire y lo hace más claro y transparente,
mientras riega y refresca la tierra: también se refresca la plantita,
resistiendo esa prueba, y absorbiendo con su raíz la humedad benéfica que será
para ella un nuevo elemento favorable para su crecimiento al mismo tiempo que
le quita las escorias que pudieran depositarse en su superficie, llevadas por
el aire y los animales.
Lo propio sucede con el hombre,
que sale purificado del combate de las emociones, según aprende a dominarlas
armonizándolas con sus aspiraciones superiores; y de las lágrimas que resultan
de todas las emociones negativas y que, regando el órgano de la
vista, hacen a ésta más clara, serena y despejada.
Sin ningún ruido tiene lugar el
tercer viaje, alusivo a una fase más elevada de, progreso y purificación.
Mientras en el primero se trata sobre todo del dominio de los pensamientos
—pues a ellos se les deben todas las dificultades y obstáculos que el hombre
puede encontrar sobre el sendero de su vida— y que han de ser clarificados,
iluminados y coordinados constructivamente, conociendo y aprovechando la Luz de
la Verdad; y en el segundo se trata de controlar y dominar todos aquellos
sentimientos y emociones que manifiestan imperfectamente la Vida Interna y
tratan de impedir el progreso según los anhelos más elevados de ésta; en el
tercero se aprende, de la misma manera, a purificar la voluntad de todos
aquellos hábitos e instintos, cuya influencia se ejerce en un sentido opuesto a
la conservación y al progreso evolutivo de la existencia.
Sobre los hábitos y los
instintos, que constituyen lo que se ha llamado la mente
subconsciente descansa, pues, como un edificio sobre sus cimientos, el
templo de nuestra existencia orgánica y activa. En estos fundamentos, además
del factor individual, concurre la herencia atávica y la de la raza, cuya base
es mental aunque se consideren a menudo como atributos propios e
inseparables del plasma vital, o bien de los más pequeños, ultramicroscópicos,
elementos morfológicos. El dominio y la purificación de esos hábitos e
instintos, de manera que estén en perfecta armonía con la voluntad de nuestra
Vida Elevada —incluyendo las intenciones y motivos que pueden impulsarnos a la
acción— es precisamente la tarea a la que aluden el tercer viaje y la prueba
del fuego, anticipándosele como programa iniciático al recipiendario, aquello
mismo que encontrará nuevamente en forma más directa en los grados superiores.
La regeneración
individual es, pues, aquello que ha de salir de la prueba del fuego,
como nos lo muestra la narración mitológica de Demeter que pone al niño
Demofonte, confiado a sus cuidados, en la llama del hogar, para que se
purificara de sus escorias (o instintos) mortales, y se hiciera
inmortal.
Así la Luz de la Verdad, después
de haber brillado claramente en la mente, como principio ordenador de los
pensamientos, y luego en el corazón, purificando y ordenando constructivamente,
las emociones, desciende en las mismas profundidades de los instintos y hábitos
arraigados en la carne —que constituyen el infierno de la vida
individual — con objeto de salvarlos, o sea purificarlos y
ennoblecerlos. De esta manera la misma luz o Verbo
Divino se hace carne y habita en nosotros', y según le
recibamos nos da "potestad de ser hechos hijos de Dios"
o sea, hijos conscientes de la verdadera luz, que en
nosotros brillará eternamente.
Habiendo encontrado y
recibido la Luz, el iniciado, de la misma manera, recibe y encuentra
la palabra que es sagrada, en cuanto renovadora y
ennoblecedora de su ser y de su vida. Esa Palabra es la misma Luz, que se
presenta al oído del entendimiento, después de haber sido percibida por el ojo
del discernimiento. La Luz y la Palabra igualmente hacen, al masón, constituyendo
de ahora en adelante el propio Logos o Centro Divino y
principio constructor y ordenador de la logia de su propia
vida renovada —desde sus funciones instintivas al cielo de los pensamientos y
de las inspiraciones— en virtud y por medio del mismo. Puede ahora dignamente
ceñírsele el mandil como emblema de la pura conciencia
constructiva que ha nacido en él, al encontrar y recibir esa Luz verdadera que
de ahora en adelante lo orienta y lo guía en todos sus pasos, iluminando su
existencia y derramándose y esparciéndose en su derredor, con el místico aroma
de la virtud, que siempre la acompaña y la demuestra.

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