domingo, 9 de julio de 2017

COMENTARIO EXEGÉTICO SOBRE EL CAPÍTULO: LA LUZ, del libro: EL SECRETO MASÓNICO, de Aldo Lavagnini.


COMENTARIO EXEGÉTICO SOBRE EL CAPÍTULO: LA LUZ, del libro: EL SECRETO MASÓNICO, de Aldo Lavagnini.

©Giuseppe Isgró C.


Aldo Lavagnini, distingue, inicialmente, tres aspectos de la Luz.

1)        -“La Luz material, percibida por nuestros ojos físicos y nos permite la visión externa del mundo fenoménico”.

Simbólica, y físicamente, la Log.: está orientada hacia el Oriente, que es el lugar por el cual despunta el sol. Es la primera vertiente de la luz, en la dimensión física de la vida, la cual es perceptible por el sentido de la vista.

2)       Luego, Lavagnini refiere que la luz material “es emblemática de otras dos formas de luz, de las cuales la primera brilla y la otra se halla todavía latente en su fuero interior”.

La primera de estas dos expresiones de la luz, es la inteligencia, los estados de conciencia y el carácter desarrollados por la experiencia adquirida en incontable número de existencias, en este y en otros mundos más adelantados que este, en algunos casos, y en otros, en mundos menos adelantados. O, en ambas modalidades. Este desarrollo en los tres elementos que hacen aflorar esta segunda luz, es la aptitud perceptiva, comprensiva y realizadora de cada ser en los cuatros reinos de la naturaleza. Es la capacidad de darse cuenta, comprender, rápidamente, o en tiempo oportuno, hacer lo que debe ser hecho, y de dejar de hacer, lo que es ajeno a los propios propósitos de vida, o inadecuado de acuerdo a los valores éticos. Es hacer lo que debe hacerse en cumplimiento del propio deber moral, u obligación contractual; y, también, lo que, por ese mismo deber moral, no debe ser realizado, ya que es contrario al principio de la justicia. Discernir la diferencia entre una polaridad u otra, constituye una aptitud o estado de conciencia, y una actitud optimista o no frente a la vida. Es lo que podríamos decir, la propia luz, el bagaje personal o suma existencial, que permite, según su grado de desarrollo y expresión, ubicarse o reubicarse, constantemente, en el orden que corresponde a cada quien, en el concierto de todas las cosas. Por eso, lo que hacemos o dejamos de realizar nos acerca o aleja del lugar donde quisiéramos encontrarnos. Esta luz propia pudiera ser insuficiente frente a los nuevos embates de la vida, en cada fase existencial. Es ahí la importancia de conectarse con la Divinidad interior, desde el propio centro, con la Divinidad Universal, para acceder a la luz en estado de potencialidad infinita que, de acuerdo a las propias necesidades que requieren ser satisfechas, o situaciones emergentes que van surgiendo, expresan en grado equivalente, el conocimiento adecuado y correcto, en torno al qué, al cómo, al dónde, al cuándo, al quién, al cuánto y al por qué. Paralelamente, expresan el poder creador en estado de potencialidad divina, en el grado requerido, de acuerdo a un servomecanismo interno que se activa, instantáneamente, tan pronto se afrontan las situaciones, y la persona en cuestión no abandona a mitad de camino, o antes de comenzar, la realización de lo que debe ser efectuado. Esa es la luz de la cual hablaremos a continuación.

3)       Es la que Lavagnini señala, como: “La otra –Luz- se halla todavía latente en su fuero interior”.


Aldo Lavagnini, con gran acierto, destaca:-“la luz de la inteligencia, representada alegóricamente por la estrella flameante, -o flamígera- como signo del hombre y de sus facultades, que obedecen a la ley quinaria, precisamente como los sentidos y sus órganos físicos”. 

La estrella flamígera no es otro que el símbolo del hombre, y de cada ser en los cuatro reinos de la naturaleza, como expresión, en la dimensión física de la vida, y de la dimensión espiritual, ya que arriba o abajo, en una dimensión u otra, lo que es en una dimensión es igual en la otra, o lo que hay adentro se expresa afuera. Eso y solo eso en un momento determinado.

Empero, en el centro de la estrella flamígera, símbolo del ser, se encuentra la letra G, símbolo del Gran Arquitecto del Universo, cuyo emblema, es precisamente, la Luz en grado infinito en todas sus vertientes y variantes, del cero al infinito. La Luz, aquí sería la representación de la Sabiduría de los atributos divinos del Ser Universal, -GADU-, o de los valores universales, como el amor, la sabiduría, la prudencia, la justicia, la fortaleza, la templanza, la belleza, el equilibrio, el orden perfecto, la armonía cósmica, y todas las demás vertientes y variantes conocidas y por conocer desarrolladas en grado infinito. Paralelamente, a la sabiduría de los valores universales, o estados de conciencia, se expresa, en grado análogo y equivalente, en sus infinitas estaciones, el poder creador, que, en la Divinidad, se encuentra bajo su dominio en grado infinito, pero que no siempre utiliza en grado infinito, sino en el esencial que la Divinidad se expresa en la expansión de la Creación Universal.

Esa Divinidad representada dentro del pentagrama, símbolo del ser, con la letra G, es la expresión indivisa de la Divinidad, en cada ser de los cuatro reinos de la naturaleza, sin jamás haberse separado de la Divinidad, y sin haber dejado de ser la Divinidad. Pero, cada ser lo ignora, en los cuatro reinos naturales que es una expresión de la misma Divinidad. Igualmente, ignora que posee los mismos atributos divinos, o valores universales, que se expresan en su conciencia con el sentimiento análogo a cada valor, y que, paralelamente, expresan, también, el inherente grado de poder creador. Cada ser posee la misma sabiduría de la Divinidad, y exactamente, el mismo poder creador de la Divinidad. La diferencia reside en que la Divinidad se encuentra consciente de su desarrollo en grado infinito, en todas sus vertientes y variantes; y cada ser lo ignora. Sabiduría y poder, son iguales en la Divinidad y en cada ser. A cada ser lo único que le falta es la experiencia que va adquiriendo en el eterno camino de retorno del ser individual hacia el Ser Universal o Gadu, ad infinitum.

Por eso Lavagnini dijo: “La otra –Luz- se halla todavía latente en su fuero interior”. Luego añade: –“Alumbran, -las tres variantes de la luz- respectivamente, el mundo exterior de la experiencia física, y el mundo interior de la conciencia y de la razón". 

Es decir: La luz de la dimensión material y la que se expresa por la aptitud de la inteligencia desarrollada, que es lo mismo, decir, dela conciencia y del carácter. Esta percepción, comprensión y realización se realiza, por la razón, utilizando la lógica inductiva y deductiva, y por la intuición. Por intuición se entiende la proyección del propio espíritu, en los cuatro reino naturales, hasta donde su potencial alcance, hasta el lugar donde se encuentra el conocimiento que requiere, bien sea en un lugar físico, o en el archivo espiritual de seres desencarnados, o encarnados, o en su propio archivo espiritual; allí copia lo que precisa, y lo transfiere a su conciencia objetiva, como intuición, o percepción comprensiva y realizadora, al mismo tiempo.

–“Pero, continúa Lavagnini, hay otro género de luz, superior a estas dos, y generalmente latente y oscura para el hombre, hasta que no se despierta en él su íntima percepción”.

–“Esta luz espiritual, que representan mitológicamente Apolo y Minerva es el principio de toda inspiración y se llama con feliz expresión la verdadera luz, como la definen las constituciones masónicas de Anderson (true light)”.

a)       –“Las primeras de estas tres luces son las luces respectivamente objetiva y subjetiva, alumbrando la una nuestros sentidos y la otra nuestra inteligencia.

b)       –“En cuanto a la tercera, su carácter es más profundo y misterioso, dado que trasciende tanto la una como la otra, aunque sea la esencia, o lo real en ambas, la luz Eterna e Inmanente que constantemente resplandece en el dominio de la relatividad, de la apariencia y de la contingencia”.

c)       –“Sólo cuando nuestra propia conciencia se reconoce más profundamente a sí misma, adquiere la capacidad de percibirla y reconocerla como la única y más verdadera luz, de la cual las otras dos formas —que alumbran los sentidos y las facultades ordinarias de la mente— no son sino aspectos relativos y comparativamente ilusorios, pues no tienen realidad en sí mismas, sino únicamente en cuanto participan de la realidad propia de la última y la expresan”.

Una variante de esta inspiración puede tener su origen por el pensamiento de los seres espirituales, encarnados o desencarnados, que la expresan por el pensamiento en el pensamiento, o sentimiento, en el sentimiento, en los seres de los cuatro reinos naturales. Es decir: la experiencia adquirida por cada ser en los cuatro reinos naturales, es compartida por la inspiración, o comunicación de contenidos mentales o espirituales.

d)       –“Estas tres luces –dice Lavagnini: —la luz de la naturaleza, la luz humana y la Divina— que presiden respectivamente al mundo fenoménico de las formas, al mundo intelectual de las ideas, y al mundo nouménico de la absoluta realidad, están representadas en la Logia por los tres puntos cardinales del Sur, del Norte y del Oriente, en donde se sientan las luces simbólicas que la dirigen y presiden en sus trabajos”

e)       –“La primera desarrolla en nosotros la capacidad de apreciar la belleza, la armonía y el orden que presiden a la naturaleza”.

f)       –“la segunda se manifiesta en nuestras propias facultades internas y en su expresión activa y operativa (Fuerza)”.

g)       –“La tercera estimula en nosotros la Sabiduría, que nace y se desarrolla, por medio del discernimiento de la verdadera realidad”.

h)       Lavagnini, expresa: -“El hombre se hace simbólicamente masón —o sea, llega a ponerse en contacto consciente y constructivo con la Suprema Realidad Planeadora y Constructora del Universo— al percibir esta luz, pues la conciencia de esta Trascendente Realidad lo inicia (o sea, lo hace ingresar o nacer) en una nueva manera de ser, en una nueva visión de la vida y de las cosas, así como de su propia relación con el principio íntimo de éstas y con el mundo v las condiciones externas que lo rodean”.

i)         –“Esta Luz del Oriente es aquella que, de ahora en adelante, tiene que orientar u ordenar constructivamente todos sus pensamientos, palabras y acciones”. Agregamos: y sentimientos.

j)         -“Sin embargo, -dice Lavagnini-: no se llega a la percepción de la Luz Trascendente —o sea, al discernimiento de la verdadera realidad— sino como resultado de una serie de viajes; o sea, por medio de etapas sucesivas de progreso en cada una de las cuales tiene uno que enfrentarse con ciertos obstáculos o experiencias, que le es menester superar o resolver, para que en cada etapa se le permita ir adelante, o proceder”.

k)       –“Cada uno de estos viajes o conjuntos de experiencias implica y efectúa una determinada purificación, representada simbólicamente por la naturaleza del elemento que preside a la misma, librando la naturaleza interna del individuo —que es pura conciencia, y por ende también Luz y Verdad— de alguna forma particular de ilusión”-.

La purificación de cada ser es lo que transparenta el velo de la separatividad entre las dimensiones: física, espiritual y divina.

l)         –“La Vida Interna por su origen divina y perfecta, se afirma sobre la impureza de los vehículos en que se expresa —resultado de la evolución natural, que es involución de la Realidad nouménica en la apariencia fenoménica— de manera que la propia expresión, purificada por medio de los viajes (o experiencias), se acerca siempre más a la Verdad inherente (o verdadera luz), manifestando su implícita virtud”.

m)      –“Todas las posibles, y por supuesto, infinitamente variadas experiencias de la vida, se resumen simbólicamente en tres viajes fundamentales que también indican los tres tipos de purificación que respectivamente se relacionan con el dominio de los pensamientos, de los sentimientos y de la voluntad. A su vez cada viaje se halla precedido por un estado preliminar de reflexión, o concentración en uno mismo, en el cual encuentra uno el primer vislumbre de la luz, e igualmente nace la determinación de viajar o progresar, en las dos direcciones, de su reconocimiento primero, y luego de su expresión”.

Recordemos que, donde se centra la atención se expande la conciencia perceptiva, comprensiva y realizadora.

Adelante.

Continúa.....


lunes, 21 de noviembre de 2016

LOS NUMEROS SAGRADOS EN LA TRADICION PITAGORICA MASONICA


LOS NUMEROS SAGRADOS EN LA TRADICION PITAGORICA MASONICA
ARTURO REGHINI
1ª Parte
Libertad va buscando, que es tan querida 
Como sabe quien por ella rechaza la vida. 
Dante, Purgatorio. I, 71-72(1).


Según los antiguos rituales y las antiguas constituciones masónicas, el fin de la Francmasonería es el perfeccionamiento del hombre.  

Los antiguos misterios clásicos no tenían otro objeto y conferían la télétê, perfección iniciática. Este término técnico estaba vinculado etimológicamente con los tres sentidos de fin, muerte y perfección, como ya lo hace observar el pitagórico Plutarco. Jesús utiliza también la palabra téleios cuando exhorta a sus discípulos a ser "perfectos como vuestro Padre que está en los cielos", incluso si, por una de esas frecuentes incongruencias de las Santas Escrituras, afirma que "nadie es perfecto excepto mi Padre que está en los cielos".  

Esa definición podría parecer explícita y precisa; y sin embargo un ligero cambio formal ha alterado gravemente el concepto. Tomemos como ejemplo el diccionario de Pianigiani que afirma que el fin de la Francmasonería es el perfeccionamiento de la humanidad; gran cantidad de profanos, al igual que numerosos masones, aceptan esa definición. A primera vista puede parecer que perfeccionamiento del hombre y perfeccionamiento de la humanidad significan lo mismo; de hecho, se refieren a dos conceptos profundamente distintos, y su aparente sinonimia genera un equívoco y oculta una incomprensión. Otros utilizan la expresión perfeccionamiento de los hombres, equívoca por igual. Evidentemente, es casi imposible decretar cuál es la expresión justa, porque cualquier francmasón puede declarar justa la que más de acuerdo está con sus preferencias, y aún complacerse, quizás, en el equívoco. Pero si se trata de determinar, histórica y tradicionalmente, la interpretación correcta y conforme con el simbolismo masónico, la cuestión cambia de aspecto y ya no se trata de preferencias particulares.  
El manuscrito encontrado por Locke (1696) en la Bodleian Library -y que no se publicó hasta 1748- se atribuye a Enrique VI de Inglaterra: define la Francmasonería como "el conocimiento de la naturaleza y la comprehensión de las fuerzas que hay en ella"; enuncia expresamente la existencia de un vínculo entre la Masonería y la Escuela Itálica, pues afirma que Pitágoras, un griego, viajó para instruirse, a Egipto, a Siria y a todos los países en donde los Venecianos [léase los Fenicios] habían introducido la Masonería. Admitido en todas las logias de los Masones, adquirió un gran saber, volvió a la Magna Grecia... y fundó una importante logia en Crotona.(2)  

A decir verdad el manuscrito habla de Peter Gower; y, como el nombre Gower existe en Inglaterra, Locke se quedó bastante perplejo ante la identificación de Gower con Pitágoras. Pero otros manuscritos y las Constituciones de Anderson mencionan explícitamente a Pitágoras. El manuscrito de Cooke dice que la Masonería es la parte principal de la Geometría, y que fue Euclides, sabio y sutil inventor, quien dió las reglas de este arte y lo llamó Masonería. Hay otras huellas de reminiscencias pitagóricas tanto en los "Old Charges" como en el más antiguo de los rituales impresos(3) (1724) que atribuye una importancia particular a los números impares, de acuerdo en ello con la tradición pitagórica.(4)  

Todos los antiguos manuscritos masónicos concuerdan al señalar el perfeccionamiento del hombre, el del simple individuo, como único objetivo de la francmasonería. Las pruebas iniciáticas, los viajes simbólicos, el trabajo del aprendiz y del compañero tienen un carácter manifiestamente individual y no colectivo.  

Según la más antigua concepción masónica, la "gran obra" del perfeccionamiento, se realiza trabajando sobre la "piedra bruta", es decir sobre el individuo, desbastando, puliendo y escuadrando la piedra bruta hasta transformarla en "piedra cúbica de la Maestría", gracias a las reglas tradicionales del "Arte Real" masónico de edificación espiritual. Existe una perfecta analogía con una tradición paralela, la tradición hermética que, por lo menos desde 1600, se encuentra injertada en ella y enseña que la "gran obra" se realiza trabajando sobre la "materia prima" y transformándola en "piedra filosofal" según las reglas del "Arte Real hermético". Operación que resume la máxima de Basilio Valentino: V.I.T.R.I.O.L. (Visita Interiora Terrae Rectificando Invenies Occultum Lapidem = Visita el interior de la Tierra, por rectificación encontrarás la piedra oculta) o la Tabla de Esmeralda, que modernos arabistas atribuyen al pitagórico Apolonio de Tiana. Por el contrario, según la concepción masónica profana y más moderna, el trabajo de perfeccionamiento debe ser realizado sobre la colectividad humana, es la humanidad o la sociedad la que hay que transformar y perfeccionar; y de ese modo a la ascesis espiritual del individuo se la substituye con la política colectiva. Los trabajos masónicos acaban por tener entonces una meta y un carácter primeramente social, a veces únicamente social. El verdadero fin de la francmasonería -el perfeccionamiento del individuo- pasa a segundo plano cuando no es francamente descuidado, olvidado e ignorado.  

Tradicionalmente es la primera concepción sin duda la correcta, y en la literatura masónica del siglo XVIII estuvieron muy de moda las comparaciones e identificaciones exageradas y fantasiosas entre los misterios de Eleusis y la Francmasonería. Es indiscutible que el patrimonio ritual y simbólico de la Orden masónica solamente armoniza con la concepción más antigua del fin de la masonería; efectivamente, el testamento del candidato a la iniciación, los viajes simbólicos, las terribles pruebas, el nacimiento a la Luz iniciática, la muerte y la resurrección de Hiram, no pueden comprenderse en relación con los trabajos masónicos y el fin de la Francmasonería si todo debe reducirse a no hacer otra cosa que política.  

Históricamente, el interés y la intervención de la Francmasonería en las cuestiones políticas y sociales no se manifiesta mas que hacia 1730, y únicamente en algunas regiones europeas, con la introducción de la Francmasonería inglesa en el continente. Lo poco que por otra parte se sabe de las antiguas logias de antes del siglo XVII muestra la presencia y el uso en los trabajos masónicos de un simbolismo de oficio, arquitectónico, geométrico, numérico, que, teniendo por su naturaleza un carácter universal, no se encuentra ligado ni a una civilización determinada ni a una lengua en particular y permanece independiente de todo credo de orden político y religioso; es por esa razón que el masón, de acuerdo con el ritual, no sabe leer ni escribir.  

Con la leyenda de Hiram y la construcción del Templo hace su aparición un elemento hebraico; y las palabras sagradas del aprendiz y del compañero (las únicas graduaciones o grados entonces existentes) que se refieren a esta leyenda son hebreas. Pero esta leyenda no pertenece al patrimonio tradicional de la Orden; la muerte de Hiram no figura en los antiguos manuscritos masónicos, y lasConstituciones de Anderson ignoran el tercer grado. De todas maneras no hay nada de extraordinario en la presencia de elementos y palabras hebreas en una época en que el hebreo era considerado como una lengua sagrada, la lengua sagrada, aquella que Dios había utilizado para hablarle al hombre en el Paraíso Terrestre; se trata de un hecho cuya importancia y significado no hay que exagerar y que de ninguna manera basta para justificar la afirmación del carácter hebreo de la Francmasonería. La letra G del alfabeto greco-latino, inicial de geometría y de Dios (God) en inglés, que aparece en la Estrella Flamígera o en el Delta masónico, parece no ser sino una innovación (sin utilidad para quien no sabe leer ni escribir), mientras que los dos símbolos fundamentales de la Orden son los dos más importantes del pitagorismo: el pentalfa o pentagrama y la tetraktys pitagórica. El arte masónico o arte real, términos utilizados por el neoplatónico Máximo de Tiro,(5) era identificado con la geometría, una de las ciencias del quadrivium pitagórico, y es difícil comprender cómo un Oswald Wirth, masón erudito y hermetista, ha podido escribir que los masones del siglo XVII(6) se proclamaban adeptos del Arte real porque en otro tiempo hubo reyes que se interesaron en la obra de las privilegiadas corporaciones de los constructores de la Edad Media. Los elementos de puro carácter masónico constituyen junto con el simbolismo numérico y geométrico el patrimonio simbólico y ritual arcaico y auténtico de la fraternidad. No decimos su patrimonio característico, porque estos elementos aparecen también, al menos parcialmente, en el Compañerazgo, muy cercano por lo demás a la Francmasonería.  

Posteriormente, entre los siglos XVII y XVIII, cuando las logias inglesas comenzaron a recibir como hermanos a los accepted masons, personas que no ejercían la profesión de arquitecto o el oficio de albañil, hacen su aparición elementos herméticos y rosicrucianos, como por ejemplo Elias Ashmole (1617-1692), tal como señala Gould en su historia de la Francmasonería. El contacto entre la tradición hermética y la masónica fuera de Inglaterra se produjo igualmente casi hacia la misma época, lo que, evidentemente, implica la existencia en el continente de logias masónicas independientes de la Gran Logia Inglesa. El frontispicio de un texto hermético importante, editado en 1618(7), reproduce junto a los símbolos herméticos (el Rebis) los símbolos estrictamente masónicos de la escuadra y el compás; ocurre lo mismo en un opúsculo italiano de alquimia(8), impreso en láminas de plomo y que se remonta prácticamente a esa época.  

En este opúsculo se ve, entre otras cosas, a Tubalcaín con una escuadra y un compás en sus manos. Ahora bien, en la Biblia se considera a Tubalcaín como el primer herrero. Un error de etimología, en aquel entonces muy extendido, y que retomó el erudito Vossius, lo identificó con Vulcano, el herrero de los Dioses y Dios del fuego, quien, según los alquimistas y los hermetistas, presidía el fuego hermético (o ardor espiritual), fuego que realizaba la gran obra de la transmutación. En una de nuestras obras de juventud(9) dimos una interpretación errónea de la palabra de paso Tubalcaín, pues ignorábamos la equivocada identificación de Vulcano con Tubalcaín que aceptaban los hermetistas y eruditos de los siglos XVII y XVIII. Hoy nos parece evidente que esta palabra de paso y algunas otras vienen del hermetismo, y que probablemente han sido introducidas en la Francmasonería y añadidas a las palabras sagradas, constituyendo pruebas del contacto que se había establecido entre la tradición hermética y la masónica. Las palabras de paso del 2 y 3er grado no existen en el ritual de Prichard (1730). Hermetismo y Masonería tienen como fin la "gran obra de la transmutación" y ambas tradiciones transmiten el secreto de un arte, al que designan con el término de arte real utilizado ya por Máximo de Tiro. Es pues natural que se hayan sentido muy próximas la una de la otra. Observemos que la adopción del simbolismo hermético no se efectúa en detrimento de la universalidad masónica ni de su independencia frente a la religión y la política, pues el simbolismo hermético o alquímico es, también, ajeno por su naturaleza a todo credo religioso o político. El arte masónico y el arte hermético, o simplemente el arte, es un arte y no una doctrina o una confesión.  

Hasta 1717 cada logia, de hecho, era libre y autónoma; los hermanos de un taller eran recibidos como visitantes en los demás talleres a condición de satisfacer el retejado (una especie de examen que permitía reconocer que un hermano lo era en verdad); pero solamente el Venerable de un taller detentaba la autoridad única y suprema entre los hermanos del mismo. En 1717, se produjo un cambio con la constitución de la primera Gran Logia, la Gran Logia de Londres, y poco después el pastor protestante Anderson redactaba las Constituciones masónicas para las Logias bajo la Obediencia de la Gran Logia de Londres; y, si bien teóricamente un taller podía y puede conservar su autonomía o adscribirse a la Obediencia de una Gran Logia,(10) en la práctica sólo se consideran hoy logias regulares aquellas que, directa o indirectamente, son emanaciones o derivaciones de la Gran Logia de Londres, en el supuesto de que esta derivación, y solamente ella, pueda conferir la "regularidad".  

Ahora bien es muy importante observar que las Constituciones de Anderson afirman explícitamente que para ser iniciado y pertenecer a la Francmasonería la única condición es la de ser un hombre libre de costumbres irreprochables, y exaltan (al contrario que las diversas sectas cristianas) el principio de la tolerancia de cada quien por los credos de los demás, agregando solamente que un masón no será nunca un "ateo estúpido". Podría pensarse que Anderson admite que el francmasón puede ser un ateo inteligente, pero es más verosímil que, como buen cristiano, piense que un ateo es obligatoriamente un imbécil, según la máxima que dice: Dixit stultus in corde suo: Non est Deus, (El estúpido dice en su corazón: Dios no existe). Aquí, sería necesario hacer una digresión y observar que en esta disputa tanto el que afirma como el que niega no posee en general ninguna noción de aquello que afirma existe o no y que la palabra Dios se emplea habitualmente en un sentido tan vago que toda discusión deviene inútil. Sea como fuere, lasConstituciones de la Francmasonería son explícitamente teístas; y los profanos, que acusan a la francmasonería de ateísmo, o bien lo hacen de mala fe o ignoran que trabaja para la gloria del Gran Arquitecto del Universo. Observemos aún que esta designación, que armoniza con el carácter del simbolismo masónico, tiene igualmente un sentido preciso e inteligible al contrario que ciertas designaciones vagas o carentes de sentido como las de "Nuestro Señor", "Padre de todos los hombres", etc.  

La cualidad de hombre libre, exigida al profano para iniciarlo o al masón para considerarlo como hermano, es de gran interés. Anderson no deja de llamar Francmasones a los Free Masons, y no queda sino examinar en qué consiste esafreedom de los Freemasons. ¿Se trata solamente de la franquicia económica y social que excluye a los esclavos y siervos, y de las franquicias y privilegios de que disfrutaba la corporación de los franc-masones frente a los gobiernos de los estados y de las distintas regiones donde ejercía su actividad? ¿O esa denominación de masones francos o liberados ha de tomarse en otro sentido, el de personas que no son esclavas de los prejuicios ni de los credos, libertad que sería inútil sacar a la luz? Si esto era así, resultaría vano querer buscar las pruebas documentales, y la pregunta quedaría pendiente. Sin embargo puede aportarse una aclaración gracias a un documento de 1509 cuya existencia o cuya importancia no ha sido, al parecer, subrayada hasta el presente.  

Se trata de una carta escrita el 4 de febrero de 1509 a Cornelius Agrippa por su amigo italiano, Landolfo, para recomendarle un iniciado. Landolfo le escribe(11): "Es alemán como tú, originario de Nuremberg, pero que vive en Lyon. Investigador curioso en los arcanos de la naturaleza, es un hombre libre,completamente independiente de los demás, que desea, a causa de la reputación que posees ya, explorar también tu abismo... Lánzalo pues para probarlo al espacio; y llevado en las alas de Mercurio vuela de las regiones del Austro a las del Aquilón, toma también el cetro de Júpiter; y si nuestro neófito quiere jurar nuestros estatutos, asócialo a nuestra fraternidad". Se trataba de una asociación secreta hermética creada por Agrippa, y hay una evidente analogía entre la prueba del espacio que debe afrontar el iniciado y las terribles pruebas y viajes simbólicos de la iniciación masónica, incluso si la prueba, aquí, se hace en las alas de Hermes. Hermes Psicopompo, el padre de los filósofos según la tradición hermética, es el guía de las almas en el más allá clásico y en los misterios iniciáticos. También en esta carta, se notifica la cualidad de hombre libre, en tanto que suficiente para abrir al profano la puerta del templo al que llama; también aquí, se manifiesta en substancia el principio de la libertad de conciencia y al par la tolerancia. Ambas tradiciones paralelas, hermética y masónica, ponen idéntica condición al profano a iniciar: la de ser un hombre libre; de lo que puede presumirse que ella no se refería a las franquicias particulares de las corporaciones de oficio, que por otra parte hubiese estado fuera de lugar pedir a los accepted Masons que no eran albañiles de profesión sino francmasones.  

El carácter fundamental de las Constituciones de Anderson reside pues en el principio de la libertad de conciencia y de tolerancia, que permite también a los no cristianos pertenecer a la Orden. En las Constituciones de Anderson la Francmasonería conserva su carácter universal, no está subordinada a ningún credo filosófico particular ni a ninguna secta religiosa, y no manifiesta ninguna inclinación por trabajos de orden social o político; puede que este carácter a-confesional y libre haya inspirado igualmente a la Masonería anterior a 1717 y que Anderson no haya hecho más que ratificarlo en las Constituciones 

Al implantarse en América y en el continente europeo, la Francmasonería conservó en general su carácter universal de tolerancia religiosa y filosófica y permaneció ajena a todo movimiento político y social, incluso acentuando a veces, como en Alemania, su interés por el hermetismo. Alrededor de 1740, comenzaron a multiplicarse los nuevos ritos y los altos grados, pero conservando cuidadosamente los rituales y el rito de los tres primeros grados, los de la verdadera francmasonería, llamada igualmente masonería simbólica o azul.  

Los rituales de estos altos grados son en ocasiones un desarrollo de la leyenda de Hiram, o se relacionan con los Rosacruces, el hermetismo, los Templarios, el gnosticismo, los cátaros..., y no tienen ya un auténtico carácter masónico; desde el punto de vista de la iniciación masónica, son absolutamente superfluos. La Francmasonería está completa en los tres primeros grados, reconocidos por todos los ritos, y sobre los cuales se basan los altos grados y las logias superiores de los diferentes ritos. El compañero francmasón, una vez que ha llegado a maestro, ha acabado simbólicamente su gran obra. Los altos grados sólo podrían tener una función verdaderamente masónica si contribuyesen a una interpretación correcta de la tradición masónica y a una comprensión y aplicación más inteligente del rito, es decir del arte real.  

Desde luego esto no significa que haya que abolir los altos grados, ya que los hermanos que con ellos están decorados son libres, y que quienes gustan de reunirse en ritos y cuerpos para efectuar trabajos que no se oponen a las obras masónicas deben tener la libertad de hacerlo. Sin embargo, desde el punto de vista estrictamente masónico, su pertenencia a otros ritos y a otras logias superiores no los pone por encima de los maestros que no experimentan otra necesidad que efectuar el trabajo de la masonería universal de los tres primeros grados. Además, es evidente que ritos distintos como el de Swedenborg, los Escoceses, los de la Estricta Observancia, de Memphis..., al ser diferentes, ya no son universales, o no lo son más que en la medida en que se basan sobre los tres primeros grados. Olvidarlo o intentar desnaturalizar el carácter universal, libre y tolerante de la Francmasonería, para imponer a los hermanos de las Logias puntos de vista u objetivos particulares, sería ir contra el espíritu de la tradición masónica y contra la letra de las Constituciones de la Fraternidad.  

Es en Francia donde aparece la primera alteración, al mismo tiempo que la floración de los altos grados. La efervescencia de las ideas en esa época, el movimiento de la Enciclopedia, repercuten en la Francmasonería que se difunde amplia y rápidamente; y por primera vez, el interés de la Orden se dirige hacia y se concentra en las cuestiones políticas y sociales. Afirmar que la revolución francesa sea obra de la Francmasonería nos parece cuando menos exagerado; por contra es innegable que la Francmasonería sufrió en Francia, y hubiera sido difícil que ello no se produjese, la influencia del gran movimiento profano que condujo a la revolución y culminó en el imperio. La Francmasonería francesa devino entonces y siguió siendo desde ese momento una masonería comprometida e interesada en las cuestiones políticas y sociales; algunos quisieron considerarla como "tradicional" cuando a lo sumo representa la tradición masónica francesa, bien distinta de la antigua tradición. Esta desviación y este compromiso es la causa principal, si no la única, de la oposición que seguidamente nació entre la masonería anglosajona y la francesa; en Italia, creó las disensiones de estos últimos cincuenta años, que tuvieron como consecuencia su desunión y el debilitamiento ante los ataques y la persecución de los jesuitas y los fascistas. Sea como fuere, incluso los hermanos que siguen la tradición masónica francesa no han olvidado el principio de tolerancia, y en las logias masónicas italianas, mucho antes de la persecución fascista, había hermanos de todas las creencias religiosas y de todos los partidos políticos, comprendidos católicos y monárquicos. 

Traducción: J. M. Río



Arturo Reghini (1878-1946), matemático y filólogo, ocupó un alto cargo en la Masonería italiana (Supremo Consejo del Rito Escocés Antiguo y Aceptado, y miembro honorario de Supremos Consejos de otros países). Mantuvo correspondencia con René Guénon, fundó y dirigió las revistas Atanòr -donde este último publicó en primera versión El Esoterismo de Dante y El Rey del Mundo- e Ignis (1924-25) y contribuyó a la de Ur (1927-28); escribió numerosos artículos, y fue también jefe de redacción de Rassegna Massonica. Entre sus obras, Cagliostro, documents et études; Notes brèves sur le Cosmopolite; Considérations sur le Rituel de l'Apprenti Franc-Maçon; Les Mots sacrés et de passe des trois premiers grades et le plus grand mystère maçonnique; Aritmosofia; Les Nombres Sacrés dans la Tradition Pythagoricienne Maçonnique, todos editados hoy por Archè, Milano, y una obra inédita en siete tomos: Dei Numeri Pitagorici

sábado, 22 de octubre de 2016

L A L U Z


L A  L U Z

Autor: Aldo Lavagnini

 "Era la luz verdadera que alumbra a
todo hombre que viene a este mundo."
(JUAN I - 9)



El objeto interior iniciático y filosófico hacia el cual converge todo el simbolismo masónico, puede resumirse en las palabras búsqueda o revelación de la luz.
La Logia, síntesis local, imagen pequeña y expresión particular de la Orden, se halla, como lo hemos visto, orientada, o sea dispuesta y dirigida en la dirección en que se encuentra o aparece la luz. A su vez, esta luz material, que afecta nuestro ojo físico y nos da la visión externa del mundo fenoménico, es emblemática de otras dos formas de luz, de las cuales la primera brilla y la otra se halla todavía latente en su fuero interior.
La primera de estas dos luces simbólicas es la luz de la inteligencia, representada alegóricamente por la estrella flameante, como signo del hombre y de sus facultades, que obedecen a la ley quinaria, precisamente como los sentidos y sus órganos físicos. Esta luz intelectual, o sea la facultad interior de ver y reconocer las cosas exteriores, tiene como símbolos más apropiados Hércules y Mercurio, así como la luz física está representada por Helios y por Venus, en su aspecto de armonía fecunda y creadora de la naturaleza.
Estas dos formas de luz son conocidas y familiares a todo hombre, dado que alumbran respectivamente el mundo exterior de la experiencia física, y el mundo interior de la conciencia y de la razón. Pero, hay otro género de luz, superior a estas dos, y generalmente latente y oscura para el hombre, hasta que no se despierta en él su íntima percepción.
Esta luz espiritual, que representan mitológicamente Apolo y Minerva es el principio de toda inspiración y se llama con feliz expresión la verdadera luz, precisamente como la denominan a la vez el evangelio juanítico (to phos to alethinón) y las constituciones masónicas de Anderson (true light).
Las primeras de estas tres luces son las luces respectivamente objetiva y subjetiva, alumbrando la una nuestros sentidos y la otra nuestra inteligencia. En cuanto a la tercera, su carácter es más profundo y misterioso, dado que trasciende tanto la una como la otra, aunque sea la esencia, lo real en ambas, la luz Eterna e Inmanente que constantemente resplandece en el dominio de la relatividad, de la apariencia y de la contingencia. Sólo cuando nuestra propia conciencia se reconoce más profundamente a sí misma, adquiere la capacidad de percibirla y reconocerla como la única y más verdadera luz, de la cual las otras dos formas —que alumbran los sentidos y las facultades ordinarias de la mente— noson sino 'aspectos relativos y comparativamente ilusorios, pues no tienen realidad en sí mismas, sino únicamente en cuanto participan de la realidad propia de la última y la expresan.
Estas tres luces —la luz de la naturaleza, la luz humana y la Divina— que presiden respectivamente al mundo fenoménico de las formas, al mundo intelectual de las ideas, y al mundo nouménico de la absoluta realidad, están representadas en la Logia por los tres puntos cardinales del Sur, del Norte y del Oriente, en donde se sientan las luces simbólicas que la dirigen y presiden en sus trabajos. La primera desarrolla en nosotros la capacidad de apreciar la belleza, la armonía y el orden que presiden a la naturaleza; la segunda se manifiesta en nuestras propias facultades internas y en su expresión activa y operativa (Fuerza); y la tercera estimula en nosotros la Sabiduría, que nace y se desarrolla, por medio del discernimiento de la verdadera realidad.
El hombre se hace simbólicamente masón —o sea, llega a ponerse en contacto consciente y constructivo con la Suprema Realidad Planeadora y Constructora del Universo— al percibir esta luz, pues la conciencia de esta Trascendente Realidad lo inicia (o sea, lo hace ingresar o nacer) en una nueva manera de ser, en una nueva visión de la vida y de las cosas, así como de su propia relación con el principio íntimo de éstas y con el mundo v las condiciones externas que lo rodean. Pues, esta Luz del Oriente es aquella que, de ahora en adelante, tiene que orientar u ordenar constructivamente todos sus pensamientos, palabras y acciones.
Sin embargo, no se llega a la percepción de la Luz Trascendente —o sea, al discernimiento de la verdadera realidad— sino como resultado de una serie de viajes; o sea, por medio de etapas sucesivas de progreso en cada una de las cuales tiene uno que enfrentarse con ciertos obstáculos o experiencias, que le es menester superar o resolver, para que en cada etapa se le permita ir adelante, o proceder.
Cada uno de estos viajes o conjuntos de experiencias implica y efectúa una determinada purificación, representada simbólicamente por la naturaleza del elemento que preside a la misma, librando la naturaleza interna del individuo —que es pura conciencia, y por ende también Luz y Verdad— de alguna forma particular de ilusión.
Toda ilusión y todo error es, pues, una forma de impureza de los medios o vehículos de que aquél se sirve, y que forman su personalidad. En otras palabras, la Vida Interna por su origen divina y perfecta, se afirma sobre la impureza de los vehículos en que se expresa —resultado de la evolución natural, que es involución de la Realidad nouménica en la apariencia fenoménica— de manera que la propia expresión, purificada por medio de los viajes (o experiencias), se acerca siempre más a la Verdad inherente (o verdadera luz), manifestando su implícita virtud.
Todas las posibles, y por supuesto, infinitamente variadas experiencias de la vida, se resumen simbólicamente en tres viajes fundamentales que también indican los tres tipos de purificación que respectivamente se relacionan con el dominio de los pensamientos, de los sentimientos y de la voluntad. A su vez cada viaje se halla precedido por un estado preliminar de reflexión, concentración en uno mismo, en el cual encuentra uno el primer vislumbre de la luz, e igualmente nace la determinación de viajar o progresar, en las dos direcciones, de su reconocimiento primero, y luego de su expresión.
Esta experiencia preliminar familiar a todos los masones como estancia en el llamado cuarto de reflexión, es de por sí algo profundamente significativo. En las antiguas iniciaciones, o sea en los misterios que precedieron y preludieron a la Masonería en su forma, actual (en la que, de la misma manera, se halla la semilla de su porvenir), el candidato era conducido v dejado solo, por algún tiempo, en una gruta o lugar subterráneo, en obscuridad casi completa y en presencia de símbolos o imágenes —casi siempre de un carácter fúnebre o lúgubre— sobre los cuales tenia que reflexionar.
Se trataba, pues, de una prueba, análoga a la de la propia semilla, cuando se pone en el seno de la tierra labrada, para que pueda germinar y crecer, abriéndose su propio camino hacia la luz, por medio del esfuerzo interior, hacia abajo con las raíces, y hacia arriba con las hojas, o sea en la dirección vertical (u oriental) de las aspiraciones latentes en ese germen. El candidato a la iniciación es precisamente esa semilla, que oculta en sí mismo, en un estado latente, sus posibilidades espirituales, cuyo desarrollo empieza con la reacción interior a esa primera prueba, para luego afirmarse y crecer con las siguientes; dado que todas las pruebas son, esencialmente, oportunidades y medios de crecimiento y progreso.
La prueba del cuarto de reflexión la encontramos a menudo en la vida externa, cuando las experiencias de éstas, especialmente los dolores, decepciones y contrariedades, nos llevan o nos inclinan hacia un estado de comparativa soledad, en el cual nos hallamos enfrente de nosotros mismos, tratando de comprender la razón y el sentido de aquellas experiencias, y cómo podemos salir satisfactoriamente de las mismas. Muchas veces el alma se encuentra, en esa condición de desolación, como si fuera casi destruida, o literalmente hecha pedazos; o sea en un estado de muerte interior, en la que han de manifestarse las posibilidades hasta entonces latentes de la Vida Interna, impulsándola hacia el nuevo nacimiento o resurrección de que es en sí semilla y poder. Y, según esto se verifique, la vida renace literalmente, o vuelve a rehacerse sobre la destrucción del pasado así superado.

El despojo de los metales que se verifica al ingresar en el cuarto de reflexión, es un índice de que los valores materiales y morales, que nos han servido hasta entonces, y sobre los cuales habíamos construido nuestra existencia, aparece como si nos fueran quitados por la fatalidad externa, o bien cesaran de ser apreciados y poderse utilizar. De todos modos, nos es preciso buscar nuevos valores, en substitución de aquellos de que ya no nos es dado servirnos — valores adecuados a las nuevas condiciones, que nos permiten enfrentar y superar.
Pero, ese despojo tiene también un más profundo sentido filosófico. Para buscar la Verdad (la verdadera luz), es preciso previamente despojarnos de todas las opiniones preconcebidas, y especialmente de las creencias (científicas, filosóficas y religiosas) que, más bien que ser fruto maduro de la reflexión y del discernimiento, provienen de nuestra educación y de la sugestión del medio en que vivimos, en el que se aceptan como moneda corriente, pero cuyo brillo no registe la claridad de la luz meridiana de la Verdad, en donde pierden, por consiguiente, todo valor y toda efectividad.
Es igualmente necesario despojarnos, por medio del discernimiento, de todo aquello cuyo valor y utilidad sean puramente aparentes: de todas las posesiones ficticias, que no pertenecen a nuestro ser real; pues todas estas cosas que ocupan y dominan nuestra conciencia, por su misma presencia nos impiden reconocer, apreciar y buscar los valores verdaderos, que son como la perla preciosa del parangón evangélico, para comprar la cual el que la encuentre se halla dispuesto a vender o deshacerse de todo lo que tiene. Así es la Verdad: para poderla adquirir se precisa estar dispuestos a vender o dejar todos aquellos valores transitorios que no rigen en su comparación con los valores reales, que son los únicos que pueden darnos certidumbre y seguridad. Sólo en ese estado de desnudez filosófica, de quien se haya librado de los inciertos valores profanos, puede sernos franqueado el umbral del Templo en que se encuentra la Verdad y nos es dado conocerla.
La palabra templo, derivando de una raíz (temes o tamas) que tiene el sentido originario de obscuridad, manifiesta haber significado, en un principio, un lugar obscuro (caverna, hipogeo o cripta); como aquellos de los que tenemos ejemplos en la antigüedad histórica del Oriente y prehistórica del Occidente. Muchísimos subterráneos y verdaderos templos, cavados en la roca, pueden admirarse aún hoy en la India.
Ahora, esa obscuridad relaciona el templo con el cuarto de reflexión, pues los dos indican el lugar en que se oculta y se encuentra, en estado latente, aquella Luz Divina que ha de buscar el iniciado, o sea la luz verdadera para encontrar la cual las mismas tinieblas, con relación a la luz externa, representan la condición más favorable. ¿No es esa obscuridad, que simboliza también en su nombre Leto, la madre de Apolo y Diana, la verdadera madre de la luz que alumbra por igual el día de la conciencia objetiva y la noche de la subjetiva? ¿Cómo pudiera, esa misma luz verdadera, encontrarse, sino apartándose temporalmente del dominio ilusorio de la ordinaria luz de los sentidos externos y de las facultades internas, que sólo pueden hacernos desviar del Camino Recto de esa búsqueda?
Esta condición indispensable para encontrar en las profundidades internas de nuestro ser la Luz Verdadera —que nos da el sentido de lo real, y el más genuino criterio de la Verdad—,tiene como otro problema el de la venda que cubre los ojos del recipiendario, al emprender sus viajes en el camino que ha de llevarle a reconocerla. Al franqueársele con ese objeto la puerta del Templo, ha de estar, pues, en estado de voluntaria ceguera, con relación a la luz exterior, además de encontrarse en la "desnudez filosófica" de que hemos hablado, poniendo al descubierto su corazón; que hace patente su mejor buena voluntad, así como el pie que le hará reconocer las asperezas del camino y la rodilla que demuestra su humildad y la interna devoción; con las cuales sólo pueden superarse los obstáculos y dificultades que se encuentran esparcidos sobre sus pasos, y constituyen otras tantas oportunidades, o gradas en la senda de su progreso.
Todos los viajes se dirigen al principio hacia el Oriente, o sea el lugar de origen o Manantial de la Luz; así como la mente se encamina, para buscar la Verdad, desde los efectos a las causas, desde los fenómenos a las fuerzas o principios que los originan, desde el mundo concreto de la sensación al mundo abstracto de la pura ideación. Pero, ese estudio inductivo de las leyes y principios que gobierna la naturaleza exterior y las experiencias de nuestra propia vida individual, quedaría estéril e infructuoso, si no fuera luego aplicado y comprobado en el dominio de los efectos. De aquí la necesidad de emprender luego un nuevo viaje de vuelta hacia el occidente, para llevar en las experiencias de la vida externa la nueva luz que ha sido encontrada en la búsqueda anterior.
"La ida y la vuelta son, en realidad, las mitades de un único viaje o ciclo de estudio y experiencia, de reflexión y actividad, y la segunda es el complemento indispensable de la primera. Hay, pues, una unidad esencial que, por igual, sirve de fundamento a las experiencias externas del mundo fenoménico e internas de la realidad espiritual, o sea, al mundo concreto de los objetos (representado por el Occidente) y al dominio puramente abstracto de las ideas (que simboliza el Oriente).
Oriente y Occidente son dos aspectos de una Suprema y única Realidad, que es el río del que constituyen respectivamente el Manantial y la desembocadura, y que además se halla en todo el recorrido del mismo.
De aquí la necesidad de buscar esa única realidad en esos dos polos opuestos, en lo que se halla, por así decirlo, entretejida toda la trama del universo. Pues la luz que en el Oriente se revela en su pureza originaria, y así puede ser percibida y reconocida como tal, se halla igualmente al Occidente, pero de una manera oculta y velada, y debe buscarse —como se buscaba a Osirís en los misterios egipcios— así sepultada en el dominio de las sombras o formas exteriores, que la encierran; como aquel en el arcón, que le había preparado su malvado hermano Set-Tifón, personificación de la obscuridad combatiendo la luz.
La primera parte del viaje, o sea la búsqueda de la verdadera luz (que sólo podemos ver como tal en el principio u origen de las cosas), es el camino áspero que se dirige del occidente al oriente en la región obscura del Norte, en donde nos sirve para orientarnos la estrella polar, fulcro del mundo físico y emblema del eje inmóvil, descansando sobre el cual y moviéndose en su derredor, parecen desarrollarse, en el Tiempo y en el Espacio, todos los fenómenos contingentes.
El progreso es particularmente difícil y trabajoso, dado que se trata de ascender lugares más elevados (condiciones de conciencia que se hallan más cerca del olímpico dominio de la Realidad Trascendente), y el camino se halla sembrado de obstáculos mayores: precisa trepar sobre las rocas que, con motivo de su solidez, se parecen a aquellos principios más firmes —morales y filosóficos — sobre los cuales podemos sentarnos y descansar, basando en ellos nuestros pensamientos y nuestra conducta en la vida. Pero ese descanso sólo puede ser contemporáneo: la vida es un progreso continuado, que no admite detenciones o paradas verdaderas, sino sólo etapas sucesivas, siendo cada una el presupuesto de la otra.
Delante de nosotros, se halla una peña más elevada —un lugar más próximo y cercano a la Verdad. Es menester descender, para poder nuevamente subir y conquistarlo. Así pues, por medio de una larga serie de ascensos y de descensos, se cumple ese viaje que nos lleva siempre más cerca de aquellos lugares, en que el día y la mañana tienen su nacimiento. Llegaremos tan cerca como pueda nuestro ojo resistir esa luz deslumbrante; e igualmente puedan nuestros pulmones soportar el aire sutil y rarefacto que se halla en todas las regiones elevadas tanto del mundo físico, como del espiritual.
El primero de los viajes es, también, la prueba del aire: la prueba que espera a todo aquel que quiera elevarse y ascender. Cuando se llegue a las regiones filosóficas de la pura abstracción hay, sobre todo, que vencer el vértigo que pueden causarnos, pues nos parece muchas veces estar sin asiento, y como suspendidos en el espacio, a la merced de los vientos que pueden barremos y hacernos precipitar nuevamente sobre aquella misma realidad, concreta, por encima de la cual por medio de una comprensión superior, parecíamos habernos elevado.
 También representa, esa prueba del aire, nuestra inherente firmeza de propósito por medio de la cual, haciendo nuestro firme apoyo la roca de la Verdad, y los principios morales a los cuales hemos determinado conformarnos, estamos capacitados para enfrentarnos animosamente y sin vacilar, con las falsas creencias, opiniones y corrientes hostiles del mundo exterior, sin que éstas tengan el poder de hacernos caer en el abandono de esos principios, de los que nuestra propia conciencia íntima nos da la seguridad.
Encontramos la prueba, en esta forma, en nuestro camino de regreso, del Oriente al Occidente, cuando se traía sobre todo de aplicar, probar y hacer efectivos aquellos principios y verdades que hemos reconocido más justos y reales. Esos principios, leyes y verdades abstractas han de demostrarse en su aplicación en las diferentes experiencias de la vida, por medio de la cual nuestro primer convencimiento se hace a la vez más firme y más valioso. Cuando la Verdad logra hacerse operativa en estas experiencias, en cuanto llega a dominarlas, trasmutando los efectos por medio de las causas en que tienen su origen y su fundamento, entonces esa Verdad es para nosotros la luz creativa1 que obra constructivamente en nuestro fuero interno, haciendo igualmente fecunda la vida exterior.
Por consiguiente, el viaje de regreso sólo puede efectuarse en esa luminosa región del Sur, que hemos visto ser el asiento de Venus, como principio de la armonía creadora de la naturaleza, aprovechando y utilizando con ese objeto todas indistintamente las experiencias que se nos presenten, cuyo resultado ha de ser en definitiva benéfico y constructor.
La prueba del aire es también la primera que encuentra el embrión de la planta, al abrirse su camino, desde la obscuridad protectora de la tierra y de la semilla, verticalmente, hacia la luz. Viniendo en contacto con ese elemento, móvil y frío, cuyas corrientes poderosas abaten y arrebatan, a veces, los árboles más fuertes debe aprender a resistirle y aprovecharlo útilmente, apoyándose e inmergiéndose en el mismo, en su crecimiento, y sacando de aquél su propio alimento; por ser el oxígeno el más indispensable entre los elementos sostenedores y activadores de la vida orgánica.
Lo mismo ha de hacer quien se abre —por sus esfuerzos, y por su íntimo anhelo hacia la luz— su propio camino hacia la Verdad que es fuerza, vida y alimento. Pues, aquello mismo que tiene el poder de abatirnos y hacernos caer, cuando sepamos aprovecharlo, se hará nuestro apoyo y el medio de nuestra elevación y crecimiento. Que el uno y el otro de estos dos efectos contrarios sea aquel que esa influencia produce en nuestra vida, estriba precisamente en nuestra propia actitud interna, o sea en el dominio y control constructivo que sepamos realizar sobre nuestros propios pensamientos.

Pues nuestro enemigo, en ningún caso se halla afuera, sino que está dentro de nosotros mismos, en las propias tendencias negativas de los pensamientos y en los errores y falsas creencias que hemos aceptado y reconocido, formando la simiente de la cizaña que crece y se manifiesta en el campo de la vida externa, junto con las espigas sabrosas de nuestros pensamientos positivos y constructores, que son los que expresan sabiduría y verdad.
La propias corrientes hostiles y todos los vientos contrarios que parecen soplar en. contra de nosotros, han sido por así decirlo, involuntariamente creados, llamados, atraídos y producidos por la actitud interior negativa de la mente y toda nuestra oposición en contra de ellos no haría más que acrecer su violencia. Pero podemos utilizarlos sabiamente, eligiendo con el ideal que nos guía la dirección de la marcha, dado que con el mismo viento puede un barco ir en dos rumbos contrarios, y hacia su puerto o su destrucción, según sabe aprovechar su empuje, disponiendo oportunamente las velas.
El segundo viaje, que hace el candidato antes de ser recibido masón, representa una etapa sucesiva en la cual, en razón del progreso hecho anteriormente el camino resulta más fácil y menores son los obstáculos que sobre el mismo se encuentran. Esto se debe tanto a la crecida fuerza y capacidad de superar las dificultades, por lo cual éstas cesan de ser tales, así como al dominio adquirido sobre los pensamientos, cuya actividad creativa y causativa se manifiesta, según proceden la experiencia y el discernimiento de una manera siempre más constructiva y armoniosa.
En lugar de los ruidos más burdos y desordenados del primer viaje, alusivos a los vientos impetuosos de la destrucción, y al estado en que nos encontramos cuando nos dominen los errores y los pensamientos que no hemos aprendido a controlar, se oye ahora el toque suave y argentino de las espadas. Estas indican los combates que se verifican, sin embargo de una manera leal y ordenada, a la luz de nuestro mejor discernimiento, entre opuestos sentimientos y emociones que, a la vez, quieren dominarnos. El lugar de ese combate es nuestro propio corazón, el manantial interior de las aguas de la vida que necesitan purificarse, así como nuestros pensamientos.
La misma prueba del agua la encuentra la plantita en su crecimiento, cuando sobre ella se abaten las lluvias, cuyas gotas, animadas por una moción en sentido contrario al de su crecimiento, son como otras tantas espadas que aparentan dirigirse en su contra para destruir y anonadar su esfuerzo hacia la luz. Sin embargo esa lluvia no deja de ser benéfica, en cuanto purifica el aire y lo hace más claro y transparente, mientras riega y refresca la tierra: también se refresca la plantita, resistiendo esa prueba, y absorbiendo con su raíz la humedad benéfica que será para ella un nuevo elemento favorable para su crecimiento al mismo tiempo que le quita las escorias que pudieran depositarse en su superficie, llevadas por el aire y los animales.
Lo propio sucede con el hombre, que sale purificado del combate de las emociones, según aprende a dominarlas armonizándolas con sus aspiraciones superiores; y de las lágrimas que resultan de todas las  emociones negativas y que, regando el órgano de la vista, hacen a ésta más clara, serena y despejada.
Sin ningún ruido tiene lugar el tercer viaje, alusivo a una fase más elevada de, progreso y purificación. Mientras en el primero se trata sobre todo del dominio de los pensamientos —pues a ellos se les deben todas las dificultades y obstáculos que el hombre puede encontrar sobre el sendero de su vida— y que han de ser clarificados, iluminados y coordinados constructivamente, conociendo y aprovechando la Luz de la Verdad; y en el segundo se trata de controlar y dominar todos aquellos sentimientos y emociones que manifiestan imperfectamente la Vida Interna y tratan de impedir el progreso según los anhelos más elevados de ésta; en el tercero se aprende, de la misma manera, a purificar la voluntad de todos aquellos hábitos e instintos, cuya influencia se ejerce en un sentido opuesto a la conservación y al progreso evolutivo de la existencia.
Sobre los hábitos y los instintos, que constituyen lo que se ha llamado la mente subconsciente descansa, pues, como un edificio sobre sus cimientos, el templo de nuestra existencia orgánica y activa. En estos fundamentos, además del factor individual, concurre la herencia atávica y la de la raza, cuya base es mental aunque se consideren a menudo como atributos propios e inseparables del plasma vital, o bien de los más pequeños, ultramicroscópicos, elementos morfológicos. El dominio y la purificación de esos hábitos e instintos, de manera que estén en perfecta armonía con la voluntad de nuestra Vida Elevada —incluyendo las intenciones y motivos que pueden impulsarnos a la acción— es precisamente la tarea a la que aluden el tercer viaje y la prueba del fuego, anticipándosele como programa iniciático al recipiendario, aquello mismo que encontrará nuevamente en forma más directa en los grados superiores.
La regeneración individual es, pues, aquello que ha de salir de la prueba del fuego, como nos lo muestra la narración mitológica de Demeter que pone al niño Demofonte, confiado a sus cuidados, en la llama del hogar, para que se purificara de sus escorias (o instintos) mortales, y se hiciera inmortal.

Así la Luz de la Verdad, después de haber brillado claramente en la mente, como principio ordenador de los pensamientos, y luego en el corazón, purificando y ordenando constructivamente, las emociones, desciende en las mismas profundidades de los instintos y hábitos arraigados en la carne —que constituyen el infierno de la vida individual — con objeto de salvarlos, o sea purificarlos y ennoblecerlos. De esta manera la misma luz o Verbo Divino se hace carne y habita en nosotros', y según le recibamos nos da "potestad de ser hechos hijos de Dios" o sea, hijos conscientes de la verdadera luz, que en nosotros brillará eternamente.
Habiendo encontrado y recibido la Luz, el iniciado, de la misma manera, recibe y encuentra la palabra que es sagrada, en cuanto renovadora y ennoblecedora de su ser y de su vida. Esa Palabra es la misma Luz, que se presenta al oído del entendimiento, después de haber sido percibida por el ojo del discernimiento. La Luz y la Palabra igualmente hacen, al masón, constituyendo de ahora en adelante el propio Logos o Centro Divino y principio constructor y ordenador de la logia de su propia vida renovada —desde sus funciones instintivas al cielo de los pensamientos y de las inspiraciones— en virtud y por medio del mismo. Puede ahora dignamente ceñírsele el mandil como emblema de la pura conciencia constructiva que ha nacido en él, al encontrar y recibir esa Luz verdadera que de ahora en adelante lo orienta y lo guía en todos sus pasos, iluminando su existencia y derramándose y esparciéndose en su derredor, con el místico aroma de la virtud, que siempre la acompaña y la demuestra.